El mitologema hobbesiano

Texto: AGAMBEN, Giorgio. Homo Sacer: El poder soberano y la nuda vida. Valencia: Pee-textos. 1998. Parte Segunda.

Reseña de Gisele Bellmont

En este escrito se estudiará la soberanía en clave de la esfera de lo sagrado a la que es asimilable, y que permite su comprensión en varios ámbitos que históricamente han resultado problemáticos.

En su esfuerzo por encontrar un entendimiento originario del poder soberano, el autor se encuentra con un problema. ¿Desde qué perspectiva es posible abordar el estudio del espacio político de la soberanía, de forma tal que se comprenda no solo su relación con la “vida” de los ciudadanos, sino también, su origen, su facultad para usar la violencia y su carácter? Este interrogante se justifica en la medida en que a lo largo de la historia, la interpretación de varios fenómenos sociales, entre ellos el origen de la soberanía, se ha visto oscurecida por su inadecuada ubicación en el lugar que le corresponde, y por la existencia de un “mitologema científico”[1].

La hipótesis que el autor plantea para resolver esta pregunta consiste en que la figura idónea para iluminar el estudio del fenómeno de la soberanía en su integridad es la del “Homo Sacer”, entendido desde la sacratio que lo configura y la nuda vida que lo caracteriza.

Para fundamentar esta hipótesis el autor comienza por determinar lo que se entiende por “Sacer”, palabra que no sólo encierra un significado opuesto (santo y maldito), sino que constituye un concepto limite del orden social romano, pues designa el estado de aquel a quien no es lícito sacrificar pero que cuya muerte no es sancionada como homicidio (sacratio). Esta doble exclusión (del sacrificio y de la pena) coloca al homo Sacer en un espacio indeterminado, pues aunque pertenece a Dios  y a la comunidad, su situación excepciona tanto al derecho humano como al divino. De lo anterior se desprende que el termino Sacer encierra un fenómeno político-jurídico, que no se esclarece desde la ambivalencia de lo sagrado[2], sino delimitando las esferas política y religiosa. La condición de Homo Sacer se define por esa doble exclusión y por la violencia a que está sometido, la cual no recae en las formas propias de lo humano (sanción penal) ni de lo divino (consagración, profanación).

El punto de encuentro entre Homo Sacer y poder soberano lo encontramos, en primer lugar, en que las dos figuras tiene un carácter simétrico, pues la esfera soberana es aquella en que se mata sin cometer homicidio y sin celebrar sacrificio, “soberano es aquel con respecto al cual todos los hombres son potencialmente hominis Sacri, y homo Sacer es aquel con respecto al cual todos los hombres actúan como soberanos”[3]. Ello explica el hecho de que el bando soberano recaiga sobre la vida humana del homo Sacer, es decir sobre la nuda vida o vida sagrada (a la que puede darse muerte pero que es insacrificable).

La figura del Homo Sacer además es útil para explicar la soberanía, porque comparte con ella varias características, como ser ajena tanto al ámbito jurídico como al religioso. La nuda vida se implica en el orden jurídico  político mediante la sacralidad, el Homo Sacer permite designar la relación política originaria, que hace de la vida el referente de la decisión soberana, que la politiza sometiéndola a una “vitae necisque potestas” (poder absoluto sobre la vida de los hijos varones por el pater romano) extendida a todos los ciudadanos en cabeza del soberano. El sometimiento a esa ilimitada autorización para matar (poder soberano), es la que permite a la nuda vida pertenecer al orden jurídico político.

De otro lado, encontramos que el homo Sacer también se relaciona con el soberano en el sentido de que este último se encuentra, al igual que el primero, sometido a la violencia pero insacrificable. Tal similitud se fundamenta en lo que se denominó la doctrina de los “dos cuerpos del rey” que aunque para algunos deriva de la teología política cristiana, se encuentra en su trasfondo algo mas profundo, verificable al analizar los ritos llevados a cabo a la muerte de un emperador romano, según los cuales se construía una efigie que posteriormente era incinerada.

La trascendencia de tal rito en relación con el espacio político de la soberanía se encuentra en su significado como medio para equilibrar las relaciones entre “el mundo de los vivos” y el de los muertos, las cuales se alteraban por la presencia de un ente que no pertenecía a ninguno de los dos  mundos. Este ente no es otro que el cuerpo político del rey que a su muerte continúa en forma de poder soberano que para el rito ingles o francés, es trasmitido al sucesor. La existencia de este cuerpo no sólo manifiesta lo absoluta y perpetua de la soberanía, sino la nuda vida que ostenta también el soberano.

Esta similitud entre Homo Sacer y soberano se afianza por el hecho de que la muerte de ninguno  de los dos constituye homicidio (corriente) y no son sacrificables en la forma (común) prevista por el rito  o  la ley.

En cuanto al origen del poder soberano, el Homo Sacer también ayuda a clarificar su concepción (entre otras, desde la perspectiva de Hobbes) pues su existencia se presenta antelada al establecimiento del orden jurídico. Con esta premisa, el estado de naturaleza se puede comprender, no como un periodo de vida simplemente natural, sino como una zona de indistinción entre lo humano y lo animal: el “homo homini lupus” significa que cada uno es frente a todos nuda vida y Homo Sacer (algo similar sucede en el estado de excepción).

El fundamento del poder soberano se encuentra entonces en la conservación del soberano de su derecho natural, lo que se explica por el hecho de que el elemento político originario no es la voluntad sino la nuda vida, que es auténticamente política. Por esto, el mitologema hobbesiano debe entenderse como un bando soberano y no como un contrato, pues únicamente el primero tiene la potencialidad de unir “la nuda vida y el poder, el Homo Sacer y el soberano”[4].

Para concluir se puede afirmar que el espacio jurídico de la soberanía sólo puede ser comprendido en toda su extensión si su análisis se hace a partir del objetivo de su acción, es decir del Homo Sacer, comprendiendo que su ámbito escapa tanto a la religión como al derecho ubicándose mas bien en la biopolítica, que implica una inclusión exclusiva de la nuda vida en el Estado, que se explica porque la sacralidad se expande incluso hasta alcanzar la vida biológica.


[1] El cual ha dificultado en general las investigaciones en las ciencias humanas, y que consiste en el planteamiento de una teoría de la ambivalencia de lo sagrado.

[2] Es decir, la  potencialidad del término sagrado de evocar dos significados contrarios. La figura etnológica del tabú muestra la indiferencia originaria entre sagrado e impuro.

[3] AGAMBEN, Giorgio. “Homo Sacer: El poder soberano y la nuda vida”. España: Pre-textos 2003 Pág. 110.

[4] AGAMBEN, Giorgio. Ob.cit. Pág. 143.

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